miércoles, 13 de abril de 2011

LA LLORONA

Yo creía que estaba curado de espantos, pero no. Por cosas del destino terminé viviendo en un pueblo conocido como Boconoito, estado Portuguesa, donde aún la gente se mantiene en un estado de conciencia muy natural, y todo el que llega allí pareciera revestirse del mismo acento. A mí me pasó. Yo quise escapar de la ciudad, vivía agobiado. Como el gobierno nacional había dado órdenes de invadir terrenos desocupados, yo me uní al gremio de los invasores al apoderarme de un terreno, que luego avandoné por temor a morirme de hambre, porque no había ninguna posibilidad de empleo para mí. Del aserradero cercano recogí algunas tablas botadas, otras las compré, otras me las regalaron y otras, junto a los troncos y listones me los vendieron clandestinamente porque uno de los empleados se los había robado. Así que, con algunos conocidos comenzamos la edificación y en tres días ya estaba mi rancho. Una de esas noches salía a orinar al patio, como no tenía baño aún, y mientras orinaba pacientemente, comencé a escuchar un llanto particularmente extraño. En prncipio parecía una mujer, luego era como de niño, o ambas formas a la vez. Aquello fue tan escalofriante, que los vellos se me erizaron: "Ave María Purísima", dije, y me metí a la casa. Nunca más la escuché, pero comprendí que la llorana de verdad existe. Pero supongo que se asusta quien temor le tiene, el resto como que no sufre por eso. Mi vecina me dijo, que seguramente andaba detrás de su marido, no de mí, por eso no la escuché más. Como sea no quiero volver a escuchar ese llanto, que de sólo pensarlo, me escalofria el cuerpo.

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